martes, 28 de octubre de 2025

Libros, lecturas y dudas: respuestas en construcción



Hace unos días, unas estudiantes me hicieron varias preguntas para su trabajo final. Me tomé un tiempo para pensar las respuestas, porque estoy convencida de que, como mediadora y bibliotecaria, es necesario revisar con frecuencia nuestras respuestas a estas preguntas fundamentales. Es una forma de repensar nuestras prácticas y de volver a alinear el camino.


¿Qué sentido tienen los libros y qué implica el acto de leerlos? 


Los libros tienen sentido en la medida en que su lectura nos permite construir significados.. Su valor no radica en su forma, tapa con  hojas encuadernadas, sino en el contenido que albergan y en la experiencia que provocan en quien los lee.


Leer un libro implica mucho más que descifrar palabras: es un acto de interpretación, de creación de significado. Cada lectura es personal, es una forma de diálogo con el texto y con uno mismo y nuestro camino lector previo. No leemos solo palabras, leemos el mundo: los gestos, los paisajes, los silencios, las imágenes. La primera lectura que hace el bebé es el rostro de la madre, la voz que cuenta, canta o calma.


Por eso, los libros —especialmente los dirigidos a los niños— deberían ser obras que despierten la sensibilidad estética y ética, verdaderas puertas hacia la belleza y el arte. Siguiendo la línea de la ilustradora Kveta Pacovska, los libros deben ser la primera pinacoteca a la que tiene acceso el niño.


Leer, en definitiva, es un modo de estar en el mundo y de interpretarlo. Parafraseando a Laura Devetach, cuando dice que debemos vivir en estado de poesía, la lectura es una forma de habitar el mundo.


¿Para qué leer?


No debemos idealizar la lectura; leer no nos convierte automáticamente en mejores personas ni hace la vida más fácil. Sin embargo, coincido con Gustavo Roldán cuando afirma:


“Creo que el mundo es mejor con Homero, con *Las mil y una noches*, con Cervantes, con Dostoievski, con Kafka, con Borges y Cortázar, con Arlt, con Rulfo y Neruda, con Vallejo, y con Bach y Beethoven. Y con el cine, el teatro y la música popular.”


Michèle Petit, por su parte, sostiene que la lectura puede ayudar a los jóvenes a convertirse en sujetos activos de su propia vida, y no meros receptores de discursos represivos o paternalistas. Por eso, la lectura tiene una gran importancia, ¿verdad? Además, Petit argumenta que leer nos capacita para expresar nuestras propias ideas, crear nuestro propio texto y, en última instancia, convertirnos en autores de nuestra propia vida.


¿Cuándo comienza el proceso lector?


Yo creo que el proceso lector comienza desde que nacemos, cuando nuestra familia empieza a nutrirnos con historias familiares, nanas y canciones. Todo ello crea una envoltura amorosa de palabras con la que comenzamos a construir lo que Laura Devetach llama la *textoteca* o el camino lector.


Autores como María Emilia López y Evelio Cabrejo subrayan la importancia de hablarle al bebé o cantarle canciones incluso antes de que nazca, durante el desarrollo del sistema auditivo.


Por su parte, Maryanne Wolfe, en su libro *Cómo aprendemos a leer*, advierte que cuando el niño entra en el proceso de escolarización, la diferencia en los vocabularios entre aquellos que han sido estimulados de forma temprana y los que no lo han sido, ya es definitiva. Aunque esta diferencia se puede reducir, nunca desaparece por completo.


¿Qué es un buen libro? 


No creo en los libros buenos o malos; creo en la variedad. No se conoce un caso de un libro que haya mordido o le haya pegado a un niño. 


Creo que es fundamental rodear a los niños de diferentes tipos de libros: diversos formatos, estilos narrativos, poesía, libros informativos, libros sin texto escrito, libros-álbum, libros de historia... Los lectores irán explorando esa oferta y seleccionando sus preferidos. 


El problema surge cuando se les ofrece solo un tipo de libro.


Más allá de esto, considero que la literatura infantil, al igual que la literatura para adultos, debe ser una literatura que respete al lector. Una literatura que no lo explicite todo, que deje pausas y silencios para que el lector construya significado a partir de su propia subjetividad. Debe ser una literatura que tenga recursos literarios y que sea atractiva para todos, independientemente del destinatario implícito. Tiene que ser, como propone María Teresa Andruetto, literatura sin adjetivos, donde el énfasis esté en lo literario y no en el adjetivo "infantil".


¿Qué se debe tener en cuenta al momento de la selección de un libro?


Primero que nada, hay que tener en cuenta para quién seleccionamos: si son libros para préstamo a domicilio o si solo los vamos a leer en clase o en la biblioteca, como en mi caso.


Yo trato de que la selección me guste a mí, que sean libros que ya he compartido con otros niños y sé que han sido aprobados por ellos. Procuro incluir diferentes soportes —libros pop-up, calesitas, con páginas troqueladas—, también una variedad de géneros literarios: poesía, libro ilustrado, libro-álbum, libro sin texto escrito, historieta, libro informativo, abecedario, además de una diversidad de estilos de ilustración. Siempre incluyo textos clásicos de la LIJ y trato de que exista un equilibrio entre la novedad y las obras que han resistido bien el paso del tiempo.


Aidan Chambers dice que se ha preguntado cuántos libros debe conocer un mediador: 


“aproximadamente 500. Cerca de 150 son libros de ilustraciones, aproximadamente 150 son novelas. Cerca de 75 son libros de poesía. Otros 75 más o menos son libros de cuentos de hadas y tradiciones. Más o menos 100 son textos ilustrados del tipo que los niños necesitan cuando acaban de aprender a leer solos. El resto, cerca de 50, son representativos del tipo de libros que no pueden ser clasificados”.


Yo creo que el amigo Chambers se quedó corto: con 500 no nos da ni para empezar. La única manera de aprender a seleccionar es conocer libros infantiles y compartirlos con niños, leer teoría y discutir con otros mediadores, docentes, bibliotecarios y padres.


¿De qué forma podemos promover el acercamiento de padres o adultos referentes a las bibliotecas/ libros?


Sembrar. La única forma es sembrar, con paciencia. En el tema de la lectura no se pueden trazar objetivos a corto plazo: los logros se ven con el tiempo, y tal vez ni siquiera lleguemos a verlos.


La forma ideal de llegar es a través de los niños: si ellos llevan libros de calidad a sus casas para compartir con sus familias, o si logramos integrar a los adultos referentes en presentaciones de libros, ferias o charlas con autores y mediadores. También poner en valor las lecturas que el niño y sus referentes traen de la casa es una forma de acercarlos.


Podemos pedir a los padres su colaboración para dejar por escrito las textotecas de los niños —o las propias—, y abrir así las puertas al diálogo. Una forma de acercarnos es preguntar ¿qué historias les cuentan a sus hijos? ¿con qué canciones de cuna los hacen dormir?


¿Cuánto incide el contexto en el acceso a los libros?


Todo. El contexto influye en todo. Si un niño accede a los libros, si tiene libros en su casa, si le leen cuentos o le cantan canciones en el entorno familiar, y si ve a sus padres leer, es muy probable que se convierta en lector. El acceso al libro no es importante solo desde lo material, sino también desde lo simbólico.


Cuando en el contexto familiar no existe ese acceso a la lectura, debe garantizarse en la escuela o en la biblioteca del barrio. No me gustaría pensar que, si no se accede a la lectura en la primera infancia, luego no se podrá; me parece una idea desesperanzadora. Sin embargo, es indudable que, cuando existen estímulos tempranos, el camino lector será más fácil y disfrutable.


El acceso a la lectura es un derecho de todos los niños, y debemos asegurarlo desde las instituciones mediante políticas públicas de lectura. No es necesario que todos sean lectores, pero sí es imprescindible que todos tengan el acceso garantizado. Una vez que se accede a libros de calidad ética y estética, a una oferta variada y a servicios bibliotecarios acordes con las necesidades de la comunidad, si alguien decide no leer, está bien: la elección también forma parte del derecho.