Había una vez un libro, y otro libro, y otro libro más, y muchísimos más libros que fueron
considerados peligrosos desde el origen de los tiempos. Aún hoy hay libros que se siguen viendo
como peligrosos e incómodos, una piedra en el zapato. En la literatura infantil y juvenil (LIJ)
podemos encontrar gran cantidad de estos libros “inconvenientes”. Esa “inconveniencia” viene de la
incomodidad que sentimos los adultos al hablar de determinados temas.
La LIJ es la Cenicienta de la literatura y siempre le estamos exigiendo que sea didáctica, que
transmita valores, que entretenga al niño, que le enseñe la importancia de lavarse los dientes, que
tenga ilustraciones en colores pastel, que tenga un final feliz. Pero olvidamos un detalle fundamental,
exigirle que sea LITERATURA, que sea una obra de calidad artística. Los niños tienen derecho a
acceder a este tipo de material, y saben diferenciar lo que es arte de lo que no lo es. Al seleccionar,
no los podemos subestimar, debemos ofrecerles variedad y calidad para que puedan decidir qué
quieren leer.
Los adultos (padres, docentes, bibliotecarios) somos los responsables de acercar los libros a los
niños, pero hacemos la selección con nuestro marco ideológico, con el concepto de infancia que
manejamos y las expectativas que ponemos en los libros para niños.
Cuando elegimos, dejamos afuera aquellos libros que nos resultan incómodos, que hacen preguntas
para las que no tenemos respuestas, que nos interpelan, que nos inquietan, que nos mueven el piso.
Desde una perspectiva de infancia inocente tratamos de evitarles (o evitarnos a nosotros, los
mediadores) temas como la muerte, la violencia, la sexualidad, la guerra, la enfermedad, los
conflictos familiares, las drogas, la desnudez, las “malas palabras” o lo escatológico.
Con esta actitud olvidamos que todos los lectores, incluso los niños, hacemos lecturas diferentes de
cada obra, percibimos sólo lo que estamos preparados para entender, lo que de alguna manera en
lecturas anteriores fue formando parte de nuestro camino lector. Es importante recordar que en la
literatura no todo está dicho, hay huecos que tenemos que completar, simbolismos que nos ayudan a
comprender la vida. Si hay algo que el niño no entendió, lo puede preguntar y ¿qué mejor que un
mediador preparado para dar respuestas? ¿qué mejor que compartir la lectura entre niño y adulto?
Estos temas no son ajenos al día a día de los niños. Nos negamos a compartir libros como Rosa
Blanca de Roberto Innocenti, Cuando Hitler robó el conejo rosa de Judith Kerr o el General extranjero
de hojalata y la vieja dama de hierro de Raymond Briggs ya que hablan de la guerra, pero en la tele,
las redes sociales y los grupos de WhatsApp circulan los videos de los ataques a Siria.
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General extranjero de hojalata y la vieja dama de hierro de Raymond Briggs |
Vetamos El topito Birolo y todo lo que pudo caerle en la cabeza de Wolf Erlbruch, a Rey y Rey de
Linda de Haan y Stern Nijland, Tres con tango de Justin Richardson y Peter Parnell, El vestido de
mamá de Dani Umpi o La cocina de noche de Maurice Sendack, pero cenamos mirando el último
reality de danza con bailarinas desnudas.
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| La cocina de noche de Maurice Sendack |
Queremos protegerlos de la muerte censurando El pato y la muerte de Wolf Erlbruch, La abuelita de
arriba y la abuelita de abajo de Tomi De Paola, Sapo y la canción del Mirlo de Max Velthuijs, pero en
los informativos nos muestran la sangre de los accidentes o el cuerpo de la víctima del día.
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| El pato y la muerte de Wolf Erlbruch |
No debemos temer al contenido de los libros, si son de calidad artística no subestiman al niño ni
pierden el valor literario. Pero hay que ser valiente y estar preparados para discernir qué es lo que
tenemos entre manos, un panfleto que intenta transmitirnos “valores” o una obra literaria.
Si se animan a abrir y compartir algunos de estos libros “inconvenientes”, verán que en la LIJ de
calidad se puede disfrutar sin peligro de ser mordidos por un terrible libro.
(Texto de 2018, hoy debería actualizarlo)



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